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A propósito de la exposición de Martin Blaszko
en la Galería Insight art.

por Marlen De Viries

Abril 2007


Miro el catálogo y veo reflejado en las reproducciones de sus once obras, todo el mundo de Martín Blaszko. En realidad había más obras que esas once expuestas en la muestra que inauguró Paola Coppa Oliver en su Galería
Insight. Ahí estaban dos esculturas, dos pinturas recientes y trece collages.

Y sí, es verdad que para muestra sirve un alfiler y es así como para comprender la obra de la larga trayectoria de Martín Blaszko, basta ver esta exposición.

No tiene la menor importancia en  qué años fueron producidas estas obras, ya sean de la década del 60 o hasta hoy en día, importando poco el amarilleo del papel o las pátinas del bronce. Todas ellas tienen las mismas
características, parecen frescas, actuales, alegres y recién hechas como si para su autor no hubieran pasado los años y como si los acontecimientos no hubieran llamado a la puerta cerrada de su fantasía íntima y privada.

Tampoco existe duda alguna sobre que sean producto de una misma persona, de ese único interior expresado en el afuera trabajando siempre con las mismas proporciones, paleta de colores, vacíos y llenos, cantidades de negro, modulados espesores de líneas, también negras… Año tras año, los mismos elementos se ubican sobre los soportes, eligiendo cada vez, y muy meticulosamente, sus inclinaciones y distancias específicas entre si. Los
resultados, sin embargo, parecen ser todos diferentes aunque tienen, a mi parecer, una misma estructura subyacente que manifiesta las mismas tensiones visuales, y es por eso que Martín Blaszko dice:" Pero si mis obras son todas iguales, en el fondo el artista hace solamente una única obra en toda su vida." Y sí, es el mismo lenguaje de siempre, es lo que uno exterioriza y saca fuera de sí complementando así su propia imagen externa física, el
afuera enlazado con el adentro, intentando plasmar una aproximación a la totalidad que somos y que nunca lograremos configurar estando siempre en eterno cambio.

Es esa atemporalidad de las obras, esa constante presencia de lo mismo que conmueve e impacta, es su fortaleza, su rotundez, como dice Romain Rolland, para bien y para mal.

¿No será esa atemporalidad la tan buscada constante por el artista, lo que es bueno es bueno hoy y siempre, lo que no sirve nunca servirá?
Creo que esta pequeña y humilde muestra es la obra de un prolífero y grande artista de nuestro momento histórico.

Hacemos mención al impecable y poco pretencioso catálogo diseñado por Jorge Abot y Florencia Abot Glenz.*